Cotidianamente tenemos noticia de toda suerte de hechos indeseables, en sucesión inagotable somos testigos de eventos que desafían nuestra capacidad de comprensión y nos empujan a cuestionarnos si son, el rasgo que define a nuestra civilización.
A lo desafortunado de esta situación se suma, la incapacidad o renuncia por pensar un mundo mejor. Desde existencialistas a postmodernistas, el tono del discurso se ancló, en un dejo de resignación.
Se dejo de pensar en términos de un mundo ideal, que sirvieran de guía y de aspiración edificante y se nos ofreció la descripción detallada de la realidad, como bálsamo ante la frustración.
De a poco en poco, la angustia y la incertidumbre, fue ganando terreno, al confinarse la existencia en lo inmediato y negando la posibilidad de que el pensamiento apunte hacia algo más allá de su presente, se nos instaló en la desesperación.
Con frecuencia mayor a lo conveniente, se da un rechazo a todo intento de trascender y acceder aunque sea solo con la imaginación, a una sociedad mejor, se argumenta la imposibilidad de toda utopía, lo que a provocado, que nuestra sociedad entre en una decadencia mayor.
Porque una sociedad que limita sus posibilidades al mundo de los hechos que son, termina por reproducir copias de la copia de un mundo, ya de por si imperfecto, y el resultado no puede ser otro que la degradación progresiva de todos los valores humanos.
El valor de la utopía, no reside en las posibilidades de su materialización, porque como una idea perfecta, no existe en ningún lado, ni en ningún tiempo, sino en proporcionarnos las coordenadas para hallar el camino de nuestra evolución, en hacer lugar a lo posible y de esta forma reajustar constantemente el universo de la humanidad.
La Utopía en el mundo del hombre es una idea reguladora, que por estar por encima de sus posibilidades, nos obliga a esforzarnos a ser mejor, cumple el papel de ser una idea funcional, importante más por lo que hace en los hombres, que por lo que como conjunto de ideas es.
En la base de la República de Platón y la Utopía de Thomas Moro, cuyos relatos giran en torno a una sociedad comunista, lo fundamental no es el modo en que se distribuyen las cosas, sino los lazos de fraternidad y solidaridad que lo posibilita, ese sería un modelo al que todos deberíamos aspirar, una sociedad en armonía, donde lo importante es la vida del hombre y no sus bienes.
Si queremos cambiar nuestro mundo, debemos empezar por hacernos una exigencia mayor y obligarnos a trabajar como si lo inverosímil fuera posible, el cinismo disfrazado del falso realismo, el oportunismo, convertido en filosofía del vencedor, nos ha colocado en una penosa situación.
En realidad, poco interesa si algún día llegaremos a vivir en una sociedad ideal en el que lo material y la posición social no importe, lo fundamental es lo que hoy, estas ideas pueden hacer para mejorar nuestra convivencia social.
Por eso no preocupa convencer a los que con cinismo nos condenan a la mediocridad, porque tenemos la convicción de que, una sociedad más justa, equitativa y tolerante siempre es mejor a una que no lo sea.
sotelo27@me.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario