Un 30 de Abril, pero de hace setenta años, Adolf Hitler se suicidaba, junto a la que recién había hecho su esposa, Eva Braun, en su búnker de Berlín.
No obstante el tiempo transcurrido desde el fin del Tercer Reich, sigue suscitando toda suerte de emociones, ¿Qué hizo del Nazismo, un fenómeno tan singular en la historia de la humanidad?
Tal vez, como escribiera Joachim Fest en El Hundimiento (Der Untergang), lo que distingue a Hitler y al nazismo, de otros Imperios y señores de la Guerra como Alejandro Magno, Julio César, Napoleón etc., fue su profunda pulsión anti-civilizatoria, la voluntad de que no quedara tras de ellos, piedra sobre piedra.
Esto lo atestigua, la llamada instrucción Nerón del 19 de Marzo de 1945, en la que ordenaba destruir, todo aquello que sirviera a la subsistencia del pueblo alemán, más allá del final de la guerra.
Aunque por supuesto, el carácter destructivo del nazismo, vino dado a posteriori, la génesis de su éxito y lo que posibilitó su acceso al poder se explica, entre otras razones, por su utilización del mito del pueblo elegido, luego caído y finalmente redimido, para reforzar la unidad en torno a la exaltación de una identidad nacional.
Este tipo de mecanismo de manipulación social, también está presente, en el fascismo franquista de España, aquí el relato mileniarista se vio reforzado, por los antecedentes propios de lo que fue el Imperio Español y su familiaridad con los relatos de corte religioso.
En la Italia de Mussolini, se puede observar el mismo fenómeno en el cual, el fascismo italiano invoco la grandeza perdida del Imperio Romano y se rodeo de los símbolos de este, para insuflar el orgullo de sus auto proclamados herederos históricos y de esta forma poder legitimar sus ambiciones expansionistas de futuro.
Para el fascismo, los tiempos de crisis social son su catalizador, ya que el carácter sugestivo de su discurso, radica en el carácter potenciador de una identidad nacional sumergida en dudas e incertidumbres.
De aquí que no sean extraños, sino más bien concomitantes, los pogromos, razias y todo tipo de actos represivos que terminan por ser, el desahogo de las frustraciones e inseguridades en el cuerpo social y físico de un enemigo interno previamente identificado y destinado a ser cabeza de turco.
En ausencia de un pasado ancestral glorioso, el centro de gravedad del discurso fascista, se desplaza hacia una visión escatologica, donde el pueblo elegido, reafirma su identidad en base a una misión histórica redentorista por cumplir..
Por ejemplo, recientemente la comentarista ultra derechista Norteamericana Ann Coulter, quien como muchos otros conservadores, defiende la insularidad histórica de los Estados Unidos, ha sostenido que, en caso de no frenar de plano la inmigración hacia su país, los norteamericanos WASP, acrónimo de (White, Anglo-Saxon and Protestant), deberán acostumbrarse a que sus hijas sean violadas y asesinadas por latinos Ann Coulter dixit.
El mismo caso lo vemos en Europa, mismo problema (económico), mismo culpable (inmigración musulmana), misma visión (Europa como bastión de la civilización, asediada por los peligros de la contaminación cultural).
El fascismo encontró eco, en algunos intelectuales, gracias a la romántica e idílica idea de una sociedad cerrada, pasteurizada y homogeneizada, tal fue el caso de Platón y Heidegger,
En México también, podemos encontrar un insospechado fascismo en la obra Ulises Criollo de José Vasconcelos, en ella, postula la tesis de la decadencia del Imperio Egipcio, a consecuencia de la degeneración racial en sus cohortes.
Si el fascismo del Tercer Reich de Hitler, con su poder técnico y militar, ha desaparecido de la faz de la tierra, no podemos cantar victoria y bajar la guardia, el peligro que representa el atractivo del fascismo, no se ha marchado, vive al acecho sutilmente.
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