En su obra El Superhombre de Masas, Umberto Eco, identifica como Anarco-conservador, a quien no admite ninguna propuesta política operativa, porque identifica los compromisos que ello implica, que afirma que toda la gente que se dedica a la política, lo único que hace es engañar al pueblo, que protesta contra los males de la sociedad, pero sobre todo, protesta contra los que protestan contra los males de la sociedad.
Para Eco el término designa aquel individuo que, bajo la máscara de una polémica dirigida contra los partidos políticos en nombre de una necesidad de mejorar, persigue, en realidad unos fines de carácter conservador, es un contestatario regresivo, un subversivo tradicionalista, L’uomo qualunque, El Superhombre de Masas Ídem.
En nuestro país, existe un movimiento de características similares; mismo que adquiere notoriedad, en cada proceso electoral y se aglutina en torno a la consigna de anular el voto, como expresión de rechazo a un sistema de partidos, que pocos resultados a dado a los problemas de representatividad.
Quienes están por anular el voto, se basan en un argumento bastante simple, sostienen que puesto que todos los políticos son iguales, no hay por quién votar.
Su justificación es un tanto arbitraria y tienden a desestimar las soluciones que otros tienen, consideran ser los únicos conscientes de los problemas sociales, en contraste con los crédulos engañados, por las mentiras de los partidos, por tanto, tienen la convicción de que la salida es anular; a lo que agregaría, para que todo siga igual, ya que prefieren esto que arriesgar.
Paradójicamente los que piden anular el voto, como señal de protesta contra el sistema de partidos, al mostrar unidad de propósito en un objetivo político, terminan por convertirse en aquello que buscan anular, porque en esencia, si un grupo de personas cuenta con un programa de acción y un objetivo político, aun cuando sea de carácter negativo, no han hecho sino erigirse en un partido, lo que evidencia su extravío conceptual.
Los que convocan anular el voto, parten de un diagnóstico equivocado, ya que no son los partidos, en tanto entidades ideales de organización política, los responsables de los desaciertos sociales, sino el uso indebido, patrimonialista y dinástico que de ellos se hace y esto solo se puede corregir, mediante el voto de castigo.
Contrario a lo que creen, la democracia se construye de manera optimista, afirmativa, asumiendo riesgos que en ninguna elección del mundo están ausentes, en razón de esto, es precisamente por lo cual el voto efectivo, es el mecanismo para dirigir nuestro destino.
De lo inconveniente que resulta anular, no existe mejor prueba, que la propia realidad, por ejemplo, históricamente nuestra sociedad a registrado altos índices de abstencionismo,
Así como hoy se defiende, la idea de anular, antaño se hacía con la de abstenerse; si en el presente las cosas nos van mal, es en gran medida como consecuencia de no haber salido a votar anteriormente.
En nuestra sociedad, el sentimiento individualista se encuentra tan arraigado, que ha contribuido a que la idea de la responsabilidad compartida, sea un concepto extraño, tal vez por eso, los anulistas busquen, con esta acción poner a buen recaudo su parte responsabilidad.
En el fondo, la alternativa anulista, es más una acción estética y profiláctica, que una acción práctica, pretende ser el manifiesto idealizado del desprendimiento de lo mundano y aunque para estetas y ascetas pueda sonar atractivo, es del todo inconducente para el progreso de la vida social, en donde necesariamente se debe uno de salpicar con la realidad.
Por eso es insensato, seguir a los que por miedo al futuro piden anular el voto y con ello ayudar a mantener el estado actual, esperando que mediante el abstencionismo o anulismo se toquen el corazón, aquellos que han mostrado una reiterada insensibilidad a los ensordecedores reclamos de la sociedad.
Si algo hay que anular, es la desazón existente y esto solo es posible, saliendo a votar.
sotelo27@me.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario